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¿Espiar y no espiar?

En este siglo XXI es muy importante cuidar a nuestros hijos en este mundo digital. Estaremos como padres preparados.

¿Espiar o no espiar?

Por: Equipo Educared. 7 noviembre, 2017

Hay aplicaciones que registran toda la actividad digital de una persona sin que esta lo sepa: ubicación, recorrido Web, velocidad del vehículo en el que se encuentra, imágenes, videos, emails, SMS, Skype, WhatsApp, pulsaciones de teclas, entre otras. ¿Para qué? Pues para cuidar mejor a nuestros hijos o asegurar la productividad de quienes empleamos. El resultado de la reproducción y la producción está, de esa manera, bajo control. Quedémonos en los chicos.

La misma tecnología que permite explorar temerariamente el mundo, aventurarse a encuentros inciertos, desviarse de lo debido y burlar nuestra vigilancia, nos sirve para poner las cosas en su sitio y ejercer plenamente nuestra misión. ¡A nuevas maneras de ponerse en peligro, nuevas medidas para proteger y supervisar!

Las aplicaciones sobran —no les vamos a hacer propaganda— y cada una abre ventanas adicionales a nuestras ansiosas miradas y pone al descubierto otro secreto de las vidas de nuestros hijos. Es una perspectiva demasiado tentadora para la mente, a la vez chismosa y miedosa, novelera y sobre protectora, de los padres. Sobre todo en esta época.

Es el equivalente de una carrera armamentista —tipo la que enfrentan grandes potencias militares, o el organismo y agentes infecciosos— entre intimidad y transparencia. En este caso, especialmente durante la adolescencia, entre la exploración autónoma del mundo, que supone una distancia con los padres, y la necesaria supervisión que estos deben ejercer.

Sí, uno de los asuntos más delicados del desarrollo —en realidad ya desde el parto— es balancear el impulso del organismo nuevo por autonomía y la necesidad de quien lo cría de protegerlo. Y cuando esa persona agarra velocidad con su cuerpo y mente, es indispensable un espacio propio, algo opaco a la mirada de los mayores, para convertirse en un individuo.

Negar esa posibilidad a través de la fisgonería termina dañando la relación entre padres e hijos, sobre todo porque lo más probable es que termine por descubrirse. No olvidemos que los chicos son más cultos y avezados que sus mayores en el mundo digital. Como en muchas películas de espías, el héroe termina sacándole la vuelta a las emboscadas supuestamente inteligentes de sus perseguidores. Y, de paso, la confianza se evapora, se agudiza el rencor y lo que habría podido ser una prueba que hace crecer a todos, termina en una guerra de guerrillas permanente.

Entonces, por más tentadoras que sean las aplicaciones que permiten inmiscuirnos de manera tramposa en la vida de nuestros hijos, debemos saber que su uso genera más problemas de los que resuelve. Cuando el recelo y la desconfianza se instauran, los chicos se vuelven más clandestinos, cuando están en problemas recurren menos a sus padres y es más probable que sufran ansiedad, inseguridad y depresión. De hecho, el mensaje es “no puedes por ti mismo” y termina calando hasta convertir a quienes queremos proteger en irresponsables.

No es fácil. No lo es porque los medios para enterarnos de la vida ajena —como lo constatamos gracias a los escándalos cotidianos en el mundo de la política y el espectáculo— han cambiado de manera vertiginosa y aún no existen reglas, explícitas e implícitas, que los regulan. Saber en qué longitud y latitud se encuentran a toda hora, leer mensajes de texto privados, conocer contraseñas, monitorear relaciones de pareja, detectar uso de substancias, padres e hijos tendrán ideas distintas según la cultura, el estilo familiar, la religión, con respecto de dónde se sitúa el límite.

Por un lado, la sociedad nos exige proteger a los niños —debemos alimentarlos sanamente, no exponerlos a peligros—; por el otro, nos recuerda qué hay que respetarlos y dejarlos ser. En ambos casos, debemos distinguir entre que es la integridad de nuestros niños y los peligros que puede correr; y nuestra propia angustia frente a las complejas tareas de ser padres en el siglo XXI.

Roberto Lerner

Publicado el 2017-11-30 00:00:00 por Roberto Lerner